EL CAPITAN
( Relatos Heterosexuales )


Me encontraba allí, en la fría oscuridad de mi habitación, sin mas compañía que mis recuerdos y como siempre dando vueltas en la cama sin poder conciliar el sueño.
No era capaz de quitar de mi mente lo ocurrido la noche anterior y me obsesionaba preguntándome si realmente habría ocurrido o si solo habría sido fruto de mi imaginación, pero las magulladuras de mis muñecas doloridas y esa sensación de que entremezcla el placer de lo prohibido junto a un sentimiento de culpa ahogado, me devolvían a la conciencia.

Aun podía oler en mi piel su perfume y no era capaz de calmar el palpitar de mis entrañas al volver a ver su rostro jadeante, al recordar la forma en la que recorria mi cuerpo, la forma de sujetar bajo sus manos mis muñecas forzándome a permanecer inmóvil bajo su cuerpo. Sentía como se enrojecían mis mejillas por la sangre que con tanta fuerza bombeaba mi corazón, parecía que iba a escapárseme del pecho, los jadeos, la piel empapada en sudor, su boca húmeda y cálida...
Todo aquello era impropio de mi, me sentía tremendamente excitada y a la vez tan culpable…

El ´tic-tac´ incesante del reloj y aquella obsesión por revivir una y otra vez en mi mente la noche pasada acabaron por desquiciarme y decidí salir de la cama e ir a dar una vuelta por ciudad nocturna, que se estremecía en una sinfonía de ruidos de motores, alarmas y miles de voces que hacían crujir las ventanas de aquella habitación de hotel.

Cambié mi cómodo camisón de seda por mi vestido favorito, un elegante y poco discreto vestido negro de corte largo y de escote pronunciado que dejaba entrever mis generosos pechos. Escote que cuidadosamente oculte bajo una suave y cálida estola a juego. Religiosamente como toda mujer hace antes de salir de casa, maquille un poco mi adormilado rostro, me puse unas gotas de perfume que resbalaron de forma delicada a lo largo de mi cuello e hicieron que me estremeciera y me calcé unos bonitos, altos y dolorosos tacones negros.
Luego tomé las llaves y la cartera y me dispuse a vagabundear bajo la fría noche sin estrellas, con la intención de abandonar mis pensamientos.
Las calles estaban repletas de gente, que ya era normal en cualquier sábado y mas en éste que se celebraban las fiestas en honor San Esteban, el patrón de la ciudad. Además habían miles de turistas llegados en los más de 12 cruceros que habían hecho escala en el Puerto de Alinea la pasada mañana.

Llevaba andados apenas quinientos metros, cuando el jaleo de una pequeña tasca llamó mi atención. Era un lugar acogedor, con una luz tenue, música animada pero suave y a un volumen perfecto como para poder mantener una conversación relajada con los amigos, mientras compartes unas copas.
Me pareció que sería un buen lugar y decidí entrar y tomar algo, ayudaría a despejar mis demonios y de paso es posible que me relajase lo suficiente como para poder regresar a mi cama y poder disfrutar de un sueño reparador.
Entre y me senté en la barra, en un taburete alto de madera muy cómodo, y enseguida se me acercó un joven, la verdad muy atractivo, con unos grandes ojos verdes y al cual no presté demasiada atención, que amablemente me preguntó que deseaba tomar. Pedí … la verdad es que no recuerdo que fue lo que pedí, de lo que estoy segura es de que llevaba alcohol.
Pasé largo rato allí sentada, dando pequeños sorbos a mi copa, observando el lugar y a las personas que me rodeaban, aunque sin conseguir quitar de mi cabeza los recuerdos que me atormentaban.
El lugar tenía apenas once o doce mesas de madera con cuatro bancos cada una, todas ellas ocupadas por pequeños grupos de personas que reían y charlaban entre ellas de forma animada.
Había un variopinto conjunto gente, las chicas y chicos universitarios, las parejas de enamorados, grupos de extranjeros hablando a voces en su idioma y riendo a carcajadas, un pequeño grupo de personas de mediana edad que canturreaban y se contaban anécdotas y grupos de jóvenes con algunas copas de más. Alcanzaba a distinguir algunas de las conversaciones, y por momentos lograba un poco evadirme de mis pensamientos.
De vez en cuando se acercaban a la barra a pedir o a increpar al camarero y al verme allí sola más de uno me ofreció una copa e incluso el unirme a su grupo, proposiciones que decliné cortésmente.
Cuando ya iba por la segunda ronda, entró un grupo de hombres con uniforme blanco, probablemente tripulantes del barco de la marina que había visto en el muelle la mañana anterior, todos armando escándalo y ya un poco pasados de copas. Ocuparon la mesa de mas al fondo y se dedicaron a pedir las consumiciones a gritos y a piropear a las lindas jovencitas que se encontraban en la mesa contigua.
Poco a poco las mesas fueron quedando vacías, por lo que pude sacar de algunas conversaciones, todos se dirigían a los jardines del centro donde había una actuación gratuita de un grupo de moda del que no alcancé a escuchar el nombre.
Yo permanecí allí sentada, al igual que apenas dos o tres mesas con algunas parejas, un grupo de jóvenes y el grupo de marineros del fondo.
No pasó mucho tiempo, hasta que estos últimos se trasladaran justo a las mesas que quedaron libres tras de mi, he iniciaron un periplo que dio comienzo con invitaciones y alagos y que acabó por ser molesto. Eran un grupo de nueve marineritos, que por culpa del alcohol habían pedido por completo la compostura, y tal era su insistencia y por miedo de que la cosa pudiese pasar a mayores, que el jovencito de detrás de la barra hubo de pedirles que cambiaran su aptitud o que abandonaran el local.
Durante un largo rato se dedicaron a beber y alardear, mientras Damián, que así se llamaba el camarero, se dedicó ya liberado del ajetreo a darme conversación sobre temas vanos y sin mayor trascendencia.
Resultó ser un joven dulce y encantador, propietario de aquella tasca heredada de su abuelo, la cual regentaba desde los diecinueve años y que había formado parte de su vida desde su nacimiento. Hablamos durante una hora mas o menos, hasta que los sopores del alcohol comenzaron a hacer mella en mi conciencia y decidí regresar al hotel.
Estaba ya dispuesta a marchar cuando en tropel los nueve tambaleantes marineros se me acercaron y se ofrecieron a acompañarme a casa, y por mas que intentaba quitármelos de encima no hallaba modo, hasta que un caballero elegantemente vestido y en el cual no había reparado se nos acercó. De inmediato todos a los nueve marineros de cuadraron, firmes como si hubiesen recibido una descarga, alzaron todos las manos a la frente y quedaron allí plantados como pasmarotes.


- Caballeros – dijo en voz firme – yo me haré cargo de la escolta de esta señorita, para que llegue sana y salva a su destino. Y vosotros deberíais regresar al buque a adecentaros y dormir un poco, ya os habéis divertido suficiente por hoy.
- Sí, mi Capitán – sonó a coro y acto seguido como si de un desfile se tratara y tras pagar la cuenta salieron todos por la puerta y se alejaron.
- Disculpe a mis hombres – repuso – llevan demasiado tiempo en la mar y han perdido los modales.
- No se preocupe – dije – la verdad es que resulta alagador que un grupo de hombres tan apuestos se interesen por mi.
- Mas bien dirá que es algo normal teniendo en cuenta su belleza. Por favor permítame que la invite a una copa para hacerla olvidar el mal rato.

Acepté de buen grado su ofrecimiento, y durante un buen rato compartimos un charla agradable. El me contó de sus viajes, y de cómo había llegado a ser capitán, me contó la misión que acababan de terminar y que estarían en puerto hasta que les dieran nuevo destino y yo olvidé por completo mis demonios.
La verdad era un hombre verdaderamente atractivo, de porte fuerte y con apariencia de ser demasiado joven para su puesto. Tenía unos labios carnosos que nada mas verlos apetecía morder y saborear y una mirada dulce y embriagadora.
A la hora de regresar y dado mi estado me acompañó hasta la puerta de mi habitación. La verdad es que una vez en la puerta quiso despedirse, pero de repente a mi cabeza regresaron mis tormentos y entre mi embriaguez y el deseo que se despertó en mi en aquel momento, me las arreglé con la excusa de tomar la última en mi habitación y de que terminara de contarme la historia de la que vinimos hablando por el camino, y acabé convenciéndolo para que entrara.
Me temo que mis intenciones fueron claramente reveladas, ya que nada mas cerrar la puerta me tomó por la cintura, me acercó a él y apartándome el cabello del rostro comenzó a besarme. Yo no opuse resistencia.
Sus manos hábilmente fueron descubriendo mi cuerpo, poco a poco, primero la estola que dejó al descubierto mis pechos, luego cayó el vestido a mis pies quedando únicamente ataviada con mis bonitos zapatos de tacón. Yo con cuidado fui desabrochando cada botón de su camisa, mientras él acariciaba y besaba mi cuello haciendo que mi cuerpo se estremeciera. La visión de su torso desnudo y su sexo que pretendía escapar de su pantalón, junto a su mano que suavemente se deslizó entre mis piernas terminó por hacer emerger de mis entrañas la húmeda esencia de mi ser.

Era una muñeca fácilmente manejable en sus manos. Me arrodille ante él y desabroche el botón de su pantalón con la mano derecha mientras palpaba con la izquierda su entrepierna. Bajé la cremallera, dejando al descubierto su pene palpitante y completamente erecto. Posé mis labios de forma delicada sobre él, bajo la atenta mirada de su propietario, que ya comenzaba a jadear.
Dedique largo rato a recorrer su miembro con mis labios y mi húmeda lengua haciendo que sus jadeos se aceleraran de forma progresiva, jugueteaba dando largos lametazos desde su base hasta el glande, y lo mordisqueaba suavemente. Noté que comenzaba a desesperarse, así que opté por introducir su pene en mi boca. Al principio tan sólo unos centímetros, y cada vez un poco más, hasta que llegó el momento en el que quedaba oculto completamente dentro de mi boca.
Hizo que me levantara y de un movimiento brusco me giró, me tomó por las caderas, separó mis muslos que ya estaban completamente empapados, e inclinó mi torso haciendo que apoyara la palma de las manos en la pared. Tomó su sexo entre sus manos y me lo introdujo completamente de un solo movimiento. Con el cuerpo completamente ajustado al mío y sus manos apoyadas junto a las mías comenzó a penetrarme a ritmo suave que fue aumentando de forma progresiva, haciendo que me deshiciera en gemidos de puro placer.
        Mi cuerpo se retorcía junto al suyo, mientras su pubis golpeaba contra mi trasero con fuerza, y empecé a notar como comenzaba a correrme. Ya no pude contenerme mas y mis gemidos sonaron mas agudos, mientras notaba un placer tan intenso que pensé que iba a desmayarme. Las piernas comenzaros a flaquear, y casi tiritaba. Entonces tomó mis pechos en sus manos y sus movimientos se hicieron mas bruscos.
        De repente arrancó su miembro de mis adentros, me arrodilló frente a él y lo introdujo en mi boca. Sujetando mi cabeza entre sus manos lo deslizo con suavidad, y mi boca quedó inundada de su líquido cálido y con un toque ácido. Y me ordenó “traga”.
        Yo obedecí como la mas fiel sirvienta de sus deseos y él se arrodilló frente a mi.

Durante unos instantes observamos nuestros cuerpos desnudos, bajo la luz tenue que se filtraba entre las cortinas. Y de nuevo comenzó a besarme.

Nos tumbamos en la alfombra, entre besos y caricias. Él se colocó a horcajadas sobre mi, tomó mis muñecas, e inmovilizó mis brazos sujetándolos sobre mi cabeza, mientras lamía mi cuello y mis pechos.
Fue bajando lentamente sobre mi vientre, hasta hundir su cara entre mis piernas donde su lengua en pocos segundos, hizo que volviera a correrme entre gemidos.

Pasamos toda la noche juntos y probamos todo tipo de posturas, ocupando hasta el último rincón de la habitación, hasta que exhaustos nos rendimos al sueño.

Desperté a la mañana siguiente, sola, con el cuerpo adolorido y cuando el sol ya brillaba en lo alto. De mi acompañante nocturno tan solo una nota sobre la mesilla con un simple “Gracias por darme tanto de ti”.
Por la tarde tras una ducha y un copioso almuerzo, salí a dar una vuelta y acabe en el muelle sin saber muy bien como. Creo que con la curiosidad inconsciente de tropezarme al capitán, pero al pasar por la zona donde su barco estuvo atracado, ahora no quedaba mas que un gran vacío.


Neftaya 5/3/2009




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Heterosexuales

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