Gracias corte de agua.
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Casi todos los días la veía cuando ella iba a comprar al almacén de la plaza, y como no, sí vivía esperando ese momento para contemplarla, aunque fuese sólo un instante. Cuando la veía, procuraba seguirla de cerca, pero sin que ella se percatara de mi presencia. Quería ser un fantasma, y no sólo al seguirla al almacén, sino que en todo momento, sobre todo en su cama, allí donde su marido de seguro se la cogía.

Para ser sincero, no era su belleza lo que me atraía, de hecho no se caracterizaba precisamente por ser bella. Su pálido cuerpo mostraba con evidencia las señales de ser una mujer cercana a los 50 años. Quizás en el pasado había tenido una linda figura, pero ya no, lo cual me parecía lógico si se consideraba que era madre de tres hijas, una de las cuales ya la había convertido en abuela. Tenía sobrepeso, el cual se acumulaba con especial gracia en su vientre. Cuando vestía faldas, se podía apreciar en sus pantorrillas unas nacientes varices. Para peor no se sacaba partido, pues tenía un rostro armonioso, y sin embargo, jamás se maquillaba. Su cabello castaño mantenía a perpetuidad unos visos rubios de tiempos inmemoriales. Así y todo, ella me calentaba.

Me encantaba mirarla de perfil, pero de cuerpo entero, ya que su sobrepeso acumulado en su vientre y su enorme culo le daban una forma particular que, al menos a mí, me excitaba. Además, tenía una voz suave que debía de estallar en gritos con cada penetración de su marido ¡Una delicia! Sus brazos gruesos también me calentaban, de hecho me daban ganas de agarrarlos con fuerza. Sin duda ella era fuente de mi imaginación sexual, y mi pene lo agradecía, pero quería más de ella.

Un día cualquiera la suerte comenzó a sonreírme. Hubo un corte general de agua potable en el barrio, corte que duraría varios días para enojo de la población vecinal. La junta de directivos del barrio acordó dar vía libre para utilizar los estanques de emergencia de los camarines del club deportivo, así le gente podría acceder a agua para fines varios, además podrían utilizar sus duchas. Precisamente fue en las duchas donde la suerte me sonrió. Llegué al camarín para varones con el propósito de ducharme. No había nadie más ahí. Cuando comenzaba a desnudarme escuché que una de las duchas del camarín femenino había sido encendida. Inmediatamente se apoderó de mí la calentura, y ciertamente mi espíritu voyerista. Noté que el muro divisor tenía grietas, sobre todo en la parte superior de éste, además había una zona cubierta por plástico. Ahí me dirigí. Rompí con sigilo dicho plástico; mis ojos se "posaron" en el camarín femenino. Busqué el ángulo preciso para ver quien se duchaba ¡Sorpresa! Era ella, la veterana que tantas erecciones me había regalado. Sus manos se perdían en ese cabello descuidado, mientras el agua caía por sus senos que no eran tan grandes como imaginaba, pero tenía areolas enormes y pezones bien parados. Su vientre era efectivamente abultado, de hecho se notaba que ya le comenzaba a colgar. Mi posición no era la mejor. Había una pared que me impedía ver su vagina, y peor aún, su culo. Desde esa posición estaba condenado a espiar medio cuerpo. Cegado por la calentura, bajé del muro y me dirigí raudo al camarín femenino, total sólo ella estaba ahí. Al entrar noté que era un camarín más aseado que el de varones, pero eso no era lo importante. Lo realmente importante era encontrar un lugar seguro para espiar a la veterana. Me escondí detrás de unas sillas apiladas junto a las duchas. Ahí no me vería nadie, además desde ahí alcanzaba todos los ángulos posibles. En esos primeros segundos pude apreciar su vagina, casi totalmente rasurada, salvo por unos pocos vellos alrededor de su clítoris. Luego pude ver ese culo que tanto había deseado; enorme,parado y con una raya extremadamente larga. Tenía celulitis en varias partes de su cuerpo: vientre, piernas y ciertamente en su culo, de hecho cada vez que ella apretaba sus glúteos, parecía que se multiplicaba la celulitis en esa zona.

Todo parecía bien, ella mostrándose desnuda y yo espiándola con una erección sólo controlada por mi mano derecha que se movía frenéticamente, sin embargo, cometí el error involuntario de golpear una de las sillas, la cual cayó estrepitosamente sobre el piso. Ella levantó su mirada y sus ojos me encontraron con rostro asustado, pero con el pene bien duro fuera de mi pantalón. "¿Qué haces?", me preguntó. Yo no podía hilar una oración, menos una explicación lógica del qué hacía ahí. Ella miró mi pene, y con esa voz suave que tenía dijo: "Vaya que caliente que estás". Yo seguía mudo, pero sobre todo aterrado de las consecuencias de mi "acto de espionaje", de hecho mi pene comenzó a decrecer. "Uf, ¿qué pasa? ¿se te acabó la calentura?", preguntó mientras se acercaba hacía mí. "Me encantan las vergas, sobre todo las grandes", terminó diciendo mientras tomaba con una de sus manos mi pene. Ella comenzó a sobarlo con la técnica de una experta. A los pocos segundos mi verga volvió a colocarse dura, además el liquido preseminal comenzó a fluir con total libertad. "Que rico el juguito", me decía, mientras mis manos comenzaban a acariciar ese cuerpo que tanto había deseado. Le toqué su vagina, la cual también comenzaba a humedecerse. Me metió su lengua en mi boca para luego posarla sobre mi glande. Comenzó a jugar con él y parecía disfrutar el jugo, ya que tenía rostro de gozo máximo... su rostro dibujaba una ligera sonrisa. Luego chupó con desenfreno todo el pene, pero de vez en cuando con la punta de su lengua rozaba mi hinchado glande. Unos segundos después me desnudé totalmente y con total seguridad, la coloqué de espalda. Me agaché para lamer su trasero. Le abrí los glúteos y lamí su ano que olía a jabón y peo. Se inclinó para regalarme su concha que estaba bien abierta y jugosa. Sus labios vaginales eran gruesos y salados. Me volví loco lamiendo su vagina de arriba abajo y de abajo arriba para detenerme con especial interés en su clítoris. Su olor vaginal era tan fuerte, pero tan excitante a la vez que no quería dejar de chuparla. "Chupala todita", me decía para luego gemir y gemir con esa voz que tanto me calentaba. Se montó sobre mí, y lo hizo lentamente. Al meterse mi verga en su concha emitió un quejido exquisito mientras echaba hacía atrás su cabeza. Sus movimientos eran violentos, pero rítmicos. Mis manos apretaban su culo y de vez en cuando metía superficialmente un dedo en su ano, y le gustaba. "Ay... ay... ay..." gemía. Le miraba su vientre celulítico y sus suaves tetas que mi lengua ya había explorado, sobre todo sus areolas cafés. La coloqué en cuatro, y me volví loco al ver su culo desnudo muy paradito delante de mi pene. Se lo metí y entró a la primera. Su ano se veía semi abierto, quizás producto de los jugos vaginales que recorrían su culo como por mis dedos, que de vez en cuando hurgaban por ahí. Ella me decía que parara, que ya había acabado, pero yo seguía penetrándola, sobre todo porque ella no terminaba de gemir, y eso me calentaba aún más. En un momento determinado me escuché preguntar: "¿Te gusta la verga vieja culeada?". Ella con sus ojos semi cerrados me contestó: "Me encanta que me lo metan putito". Eso me volvió más loco, y con frenesí seguí penetrándola hasta sentir que ella había acabado unas cuantas veces. Acerqué mi pene a su boca, ya que ya no aguantaba más. "¿Me va a dar la lechecita?", preguntó cuando súbitamente estalló el semen sin esperar respuesta de mí parte. La leche se dejó caer sobre su lengua, nariz, mejillas, cabello. La veterana sonreía y decía "¡Ah, que rica tú leche?.

Nos terminamos duchando juntos, y si bien me sentía cansado, tuve la concentración suficiente para memorizar cada rincón de su cuerpo, ya que no sabía si habría una segunda vez. Lo último que hice antes de vestirnos fue lamer su ano. Al salir del camarín vi a unas señoras con cara de espanto; seguramente nos habían visto en acción. Decidimos salir cada uno por su lado. No hubo una segunda vez, pero un día me invitó a su casa para ver como cogía con su marido, pero esa es otra historia.




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