Me miro al espejo con rabia y decisión.
Ese reflejo tiene que cambiar.
Me meto a la ducha para un baño largo, pero lejos de ser relajante.
El agua hirviendo me quema y también me limpia.
Se lleva todo lo que no quiero mas sobre mi piel.
Me rasuro cada centímetro de mi cuerpo. Es una experiencia casi etérea, casi inconsciente.
El último enjuague de los últimos vellos marca el fin de la ducha. Salgo. Contemplo mi cuerpo desnudo, completa y perfectamente depilado.
Mis largas piernas, mi abdomen plano, mi pecho y brazos delgados. Me volteo y miro ese culo redondo y respingado. Tan poco varonil.
Y mi pene. Pequeño y ridículo, que ni la depilada puede hacer ver de un tamaño decente.
El que tan poco placer me ha dado y tantas vergüenzas me ha hecho pasar.
Solo mirarlo me vuelve la desdicha. La rabia.
Miro mi maleta y busco inmediatamente con qué taparlo.
¡Mierda! ¿Por qué solo tangas?
Me encanta como enmarcan mi culo, pero odio como dejan mostrar mi pene.
Escojo una negra. Un triángulo al frente, un hilo atrás.
Tomo mi pene y lo estiro hacia atrás, pegándolo a mi pelvis y la tanga apretada y segura lo hace desaparecer. Lo siento aún, pero al menos no puedo verlo.
Vuelvo la mirada al espejo. El reflejo aún no está correcto.
Busco en mi maleta, y encuentro un corsé negro. No de encaje ni satín. Este es un corsé de imitación de cuero.
Me lo calzo y lo aprieto hasta que no puedo más.
Mas bien, el corsé no puede más, porque yo hoy aún no he llegado al límite. Las tiras apenas aguantan y sé que tengo que parar, así que las anudo con firmeza.
Siento las tiras contra mi espalda, pero lo increíble de los corsés es que la belleza por delante en nada muestra el dolor detrás. Es más, mientras mas duelen, mejor se ven.
Delante solo se muestra una cintura espectacular y, para mi deliciosa sorpresa, un escote divino formado por la poca grasa en mi pecho apretada firmemente entre ellos.
Me distrae una sensación. Mi pene atrapado se empieza a erectar.
¡No!
¿Por qué ahora? ¿Por qué aquí? ¿Con esta imagen?
No las decenas de veces que me falló ante la oportunidad de tener sexo con mujeres. Obligándome a miles de excusas.
¿Por qué ahora?
¿Esto es lo que quiere?
No. Tuvo la oportunidad. Ahora no quiero saber nada de él.
Busco los microshorts. Si. Esos negros. También imitación de cuero.
Son demasiado apretados. Y eso quiero.
No me cubren completamente las nalgas dejando al descubierto un poco de piel debajo, pero encierran de nuevo mi pene. Invisible de nuevo. Fundido con mi entrepierna.
Alivio. Mas no paz.
Con rabia lanzo un grito al cielo. Un grito ahogado.
Luego recuerdo donde estoy.
Es un hotel. Hay gente. Nada elegante, pero sin duda un escándalo suficiente atraerá a alguien que vendrá a ver a quien están matando. Quién está muriendo.
Recuerdo los secretos descubiertos. Los insultos. La ropa en la calle. La puerta cerrada.
Ahogo mis gritos, mi llanto contra la almohada. La frustración. La desesperación.
Paro de llorar. No porque me sienta mejor, sino porque ya no quedan lágrimas en mí.
Me acerco de nuevo al lavamanos y miro de nuevo mi reflejo.
Esa cara. Cubierta de lágrimas secas. Fracasada. No quiero saber más de ella.
Busco mi bolso de maquillaje y, después de lavar mi cara; con pericia y decisión procedo a transformarla. Base, rímel, labial y todo lo necesario.
El tiempo no importa. El resultado es necesario.
Esto es lo que busco.
- Pestañas largas.
- Labios rojos y gruesos.
- Piel perfecta.
- Cejas delineadas.
¿A esto he llegado?
¿Esto es lo que todo el sufrimiento? ¿Todos los secretos? ¿Todas las vergüenzas? ¿Todo este tiempo?
Vamos a averiguarlo.
Me calzo mis botas. Largas hasta las rodillas. Tacones de 12 cm que manejo sin problemas, después de mucha práctica que no quiero recordar, pero no puedo olvidar.
Veo mis pelucas, pero las descarto al mirarme al espejo.
Mi cabello es corto. Perfectamente corto. Y entre la ducha y el llanto me lo han dejado levantado y desordenado.
Luce perfecto. No recuerdo haberlo estilizado mientras me maquillaba o vestía. Pero verlo me provoca una leve sonrisa.
Una sonrisa irónica.
Las pelucas me hacían ver mujer, ocultando el hombre.
Ahora mi maldito cabello natural me hace ver perfectamente femenina. Como una burla del destino.
Pongámoslo a prueba.
Salgo de mi habitación con un puertazo. Sin bolso. Sin llaves. Sin billetera ni celular.
No necesito nada de eso. Esas son cosas para quienes quieren volver. Para quienes quieren cuidar de sí mismos. Son cosas que se pueden perder. Y yo ya no tengo nada que perder.
El frío de la noche me golpea el rostro al tocar las calles.
Me motiva. Me empuja.
La noche de la ciudad es casi silenciosa. Pero recuerdo bien donde estoy.
A los pocos pasos del hotel. Saliendo de esa calle oculta, está la zona que despierta mientras la ciudad duerme. Donde los que buscan amor encuentran a quienes lo alquilan.
Encuentro la calle y me lleno de la actividad. Veo chicas, veo trans. Bellas muchas, varoniles algunas. Ellas trabajan para ganarse la vida. Venden su cuerpo, pero hoy yo necesito que alguien tome el mío. O al menos este que llevo puesto.
La actividad me da una cierta calma. Se mezcla con el ruido en mi cabeza. El frio y el dolor en mi piel.
Me recuesto de espaldas a una pared, con una pierna contra el muro. Y espero.
Veo muchos hombres pasar, todos me miran, algunos se me acercan. Ni los escucho, menos les contesto. Derrotados fácilmente, siguen de largo.
¡Hasta que… por fin! Lo siento.
La poderosa mano en mis nalgas. No una nalgada temerosa. Ni siquiera un azote que llega fuerte y luego me deja.
Esta mano me agarra y aprieta. Se pega y no suelta.
Mi mirada encuentra a su pecho, y sube hasta encontrar su rostro áspero y barbudo.
Su sonrisa burlona. Su cuerpo obeso. Sus brazos fuertes.
—¿QUIÉN TE CREES QUE ERES? ¿CREES QUE ERES MUCHO PARA TODOS AQUÍ? ¿MEJOR QUE LAS OTRAS PUTAS?
No recuerdo lo que dije.
No recuerdo como entramos en su camioneta.
No recuerdo el recorrido.
No recuerdo donde ni como llegamos a una calle solitaria.
Pero recuerdo la fuerza. Recuerdo la furia. Recuerdo la rabia.
MI fuerza. MI furia. MI rabia.
Recuerdo pensar en la ironía de llevar los labios de rojo cuando todo lo demás que llevaba era negro.
Y al sentir su miembro entrar en mis labios. Entendí que, si bien mi cuerpo está de luto, mi boca era la puerta a la nueva vida.
Recuerdo como me negué a quitarme los shorts para no liberar mi pene. Recuerdo como lo rasgó para exponer mi culo.
Recuerdo como me sacó a embestidas todo rastro del hombre que era.
Del que nunca fui. Del que nunca más sería.
